Ilustración de Rosalía Díaz

El padre de Agustín estaba muerto. Muerto y enterrado. Yo mismo lo había visto, expuesto rodeado de flores, en el frigorífico acristalado del tanatorio; había asistido a su funeral con la desgana habitual con la que asisto, cuando no me queda otro remedio, a los odiosos rituales fúnebres de los católicos y, a continuación, a su entierro en el cementerio de la ciudad. Un cementerio muy bonito, dicen. Lo han dejado muy bonito, dicen. Y será verdad. Parece ser que figura en una lista de los cementerios más bonitos de España. Existe todo tipo de turistas. Yo mismo visité un cementerio en París. No sabría decir cuál. Era una de las cosas que debía visitar según la guía de París que me facilitó la agencia de viajes con la que organicé el mío. Claro que también decía que una nota característica, que dotaba de un singular colorido a la capital gala, eran los simpáticos clochards, así, sin ningún tipo de pudor, simpáticos clochards. Incluir a los sin techo, alcohólicos, desarrapados, llenos de la mierda acumulada durante meses o años de vida en la calle, como viven los perros callejeros, como atractivo turístico de una gran urbe, ya te vale. El cementerio estaba lleno de tumbas de judíos. Los símbolos más reconocibles del judaísmo abundaban en la lápidas. Yo fotografié una que tenía la forma de las tablas de la ley y una inscripción que, debajo de sus nombres decía murieron por el mero hecho de ser judíos. En francés. Era una tarde fría y gris cuando visité ese cementerio. Europa está llena de monumentos dedicados a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Grandes y pequeños. Te los encuentras por todas partes. En Luxemburgo erigieron uno compuesto por una estatua sedente de la Archiduquesa Carlota junto a una columna o monolíto alto como un obelisco o un monolito que elevase al cielo algún tipo de clamor. Parece que la Archiduquesa Carlota, que recogió la jefatura del estado de rebote, en un embrollo parecido al del duque de Winsord y su hermano tartamudo, luchó denodadamente contra los nazis desde su exilio en Londres. Claro que estuvo casada con un Borbón y eso no dice nada bueno de ella, pero en fin. El monumento en cuestión enaltecía a los voluntarios luxemburgueses que se alistaron en el ejército belga para luchar contra los alemanes. En una calle de París me topé con una placa y un ramo de flores frescas que recordaba que en aquel lugar había sido asesinado por los nazis un miembro de la resistencia. También, circulando por una magnífica autopista pasé por encima de los bloques de hormigón de la Línea Maginot. Para llorar. Viajando por Europa Central y por Italia, me he preguntado cómo es posible que las cosas estén como están entre nosotros, los europeos. Hace tiempo que ya no intento comprender nada, pero sí me gusta saber. A veces miro hacia mí mismo y hago recuento de cómo ha sido la relación con mi mujer y con mis hijos; con mis padres y mis hermanos. También me pregunto cómo pueden seguir así como están las cosas entre nosotros.

Agustín estaba muy afectado. Su hermana también. Eso no hace falta decirlo. Acababa de morírseles su padre. Agustín y yo éramos amigos desde la infancia. Habíamos hecho los estudios previos al bachillerato juntos, y luego el bachillerato también. Después él marchó a Madrid y pasaban largos espacios de tiempo sin que nos viésemos. A su hermana la veía prácticamente a diario. Nos cruzábamos casi todos los días en nuestras idas y venidas por la ciudad. Nuestra relación no pasó nunca del saludo afectuoso cuando nos cruzábamos. Es posible que alguna vez coincidiésemos en algún grupo o charlásemos durante un tiempo en alguna reunión, pero, si eso ocurrió, no lo recuerdo. La hermana se parecía mucho a su padre. Era mucho más baja que él y quizás más ancha de cuerpo. Pero en el rostro se parecía mucho. Agustín no. Agustín no se parecía nada a su padre. A la madre no la conocí, de modo que no puedo decir a quién se parecía Agustín. Mas, ahora que lo pienso, lo cierto es que jamás supe nada de su madre. Hasta ahora no había reparado en ello, pero, se mire como se mire, es raro, raro de cojones. Que tengas un amigo desde la infancia y que conozcas a su padre y a su hermana y no sepas nada de su madre, no me parece muy lógico. Pero bueno, ya he dicho que hace tiempo que he renunciado a comprender. Ya veremos si consigo saber algo algún día de la madre de mi amigo Agustín.

Yo al padre de Agustín no lo trataba. Ni siquiera nos saludábamos al pasar. Sin embargo, nunca me resultó indiferente, siempre me atrajo y, cuando no resultaba indiscreto o impertinente porque podía disimularlo, lo observaba con atención y detenimiento. Él fue envejeciendo al tiempo que yo me iba haciendo mayor. La expresión de su rostro bastaba para atraer la atención. No conozco a nadie que no haya sido fijado en una fotografía, una pintura o una escultura, que mantenga la misma expresión en todo momento. El padre de Agustín deambulaba por la ciudad con una expresión de profunda tristeza. Conmovía verlo. Al menos a mí me conmovía verlo. Era un hombre alto y delgado sin exageración. Por más que me esfuerzo en ir más atrás, yo lo recuerdo de viejo. Su cabeza bien formada, el cabello ralo y blanco, los ojos claros, casi líquidos, siempre fijos en algún punto milimétricamente exacto delante de él, las orejas separadas. A veces, cuando lo veía desde atrás, parecían traslúcidas. Vestía, probablemente sobre un traje, una gabardina holgada y caminaba, con las manos en los bolsillos, despacio, muy despacio, con un leve vaivén de los hombros, como si fuese empujando algo, primero con el derecho, después con el izquierdo.

A la hermana le dí el pésame y un par de besos. A Agustín lo abracé varias veces, le repetí lo mucho que lo sentía y eso fue todo.

Así que no cabía la menor duda. El padre de Agustín estaba muerto. Muerto y enterrado. Me enteré de su fallecimiento leyendo la esquela en el periódico local, acudí al tanatorio a presentar mis condolencias a mi viejo amigo, lo vi allí expuesto en la caja, con su expresión igual de triste que siempre, aunque sin la liquidez de sus ojos cerrados, aguanté el funeral, las fórmulas litúrgicas fosilizadas, la perorata puramente circunstancial del sacerdote, un sacerdote que, como en la mayor parte de las ocasiones no tendría nada que ver con el difunto ni con su familia, y acompañé a Agustín hasta que la tumba de su padre quedó sellada y cubierta con la lápida. Allí no había inscripciones singulares como en el cementerio de París; solo el nombre de la familia.

Por tanto, no cabía ninguna duda. El padre de Agustín estaba muerto. Muerto y enterrado.

Hace dos días lo vi. A unos metros delante de mí. Con su pelo ralo y blanco, sus orejas separadas y traslúcidas, su gabardina, sus andares despaciosos y ligeramente zigzagueantes.

Visto por detrás… Podría tratarse de una coincidencia, de una asociación, Dios sabrá debida a qué extraños mecanismos interiores, de mi mente. No obstante, experimenté un estremecimiento eléctrico, un brusco encogimiento de toda mi piel, una sensación magnética en la barba. Cambié de acera y lo adelanté sin mirarlo.

Hoy lo he vuelto la ver. De frente esta vez. Venía hacia mí con su expresión tristísima y sus ojos claros. Me hice a un lado. Pasó junto a mí sin mirarme, con su mirada líquida fija en ese punto milimétricamente exacto en el suelo, delante de él.

Lo observé alejarse con mi mirada estupefacta, llena de aprensiones.

Hace mucho tiempo que no sé nada de Agustín. Ni de su hermana. Sé de un amigo común, más íntimo de él que yo, que seguramente podría facilitarme su dirección en Madrid o su teléfono. Pero… ¿para qué?  ¿Qué va a pensar de mí si, después de tanto tiempo sin ningún contacto entre nosotros, le llamo para decirle que su padre muerto se pasea por las calles de la ciudad?