Ilustración de Rosalía Díaz

         Don Anselmo era un cura viejo, perseverante en la misa temprana. Después desayunaba con calma, acompañado de su hermana, y volvía a la iglesia otra vez, a encerrarse horas y horas en el confesonario. Aquella mañana su hermana lo recibió con expresión exasperada.

         -Otro más, y ya van tres-dijo, metiéndole el periódico en la cara-. Y aquí nadie hace nada.

         La primera plana daba cuenta del hallazgo de una mujer violada y muerta. La tercera, en los cuatro últimos meses. No era solo la hermana de don Anselmo la que estaba razonablemente alarmada e indignada. En toda la ciudad se percibía un aliento desconcertado y temeroso. La prensa local presionaba a las autoridades con gravedad y rigor. La Policía parecía carecer, por el momento, de cualquier indicio. Don Anselmo habló a su hermana con la prudencia y la mesura que había cultivado durante toda su vida. Compadeció a las víctimas y a sus familiares, por quienes, dijo, había que pedir al Señor, y denostó el horror que le producía el destello del mal que brillaba en actos tan bestiales. Demoníacos, apostilló.

         -Es un precio caro-dijo-, muy caro; pero tal vez este mundo descreído se convenza de que Satanás hace a diario su trabajo.

         Don Anselmo ejercía su ministerio como coadjutor en una humilde parroquia de barrio. Su vocación definida, su carisma sacerdotal, era el confesonario. Creía firmemente que la gente acudía a él en busca de paz y sosiego, y trataba de otorgarlos guiado más por un afán de indulgencia y de consuelo que por ningún imperativo riguroso. Además, le confortaba la certeza de que los más preparados, los más conscientes de su fe, acudían a él en busca de la renovación o el restablecimiento de la gracia. Después del acto sublime de la consagración, el sacramento de la penitencia era lo que más amaba de su condición de sacerdote. Pronunciaba la fórmula de la absolución con tanto fervor, que a menudo se le quebraba la voz cuando decía las benditas palabras que establecían el perdón en la medida que yo puedo  y tú lo necesitas. Jamás había faltado al sagrado deber del sigilo. Jamás; ni siquiera en un descuido. Cada día, al levantarse, se encomendaba a San Juan Nepomuceno, santo patrón de los confesores, mártir del secreto sacramental, para que afianzase sus gastadas fuerzas de confesor. Había convertido el confesonario en su despacho. Los ratos libres que le dejaba la administración del sacramento, los empleaba en lecturas espirituales o en el rezo del breviario. Preparaba allí con frecuencia sus homilías dominicales e, incluso, despachaba la correspondencia. Había instalado algunos estantes para sus libros más precisos y un tablero abatible para poder escribir, y se había provisto de papel, bolígrafos, lápices, una pequeña grapadora y un abrecartas. Su fama de confesor benévolo y, además, benéfico para tantos fieles torturados por los escrúpulos de la culpa, se extendía por toda la ciudad. Muchos superaban el sobreesfuerzo que su propia timidez o la índole escabrosa de sus faltas o bien sus largos períodos de alejamiento originaban a la hora de aproximarse al sacramento. Una noche, con la iglesia ya oscurecida y casi desierta, un hombre se arrodilló ante don Anselmo. Era un hombre de aspecto anodino, de mediana edad, con el que se había cruzado alguna vez en su deambular por las calles de la ciudad.

         Con una voz en la que se acumulaba una fatiga milenaria, el hombre aquel susurró al oído del sacerdote sus terribles culpas: se declaró autor de las violaciones y los asesinatos que tenía estremecida a toda la ciudad. El horror invadió el ánimo de don Anselmo, mas supo controlarlo. Él era el agente interpuesto entre Dios y aquel desgraciado. Unos segundos bastaron al anciano sacerdote para valorar su actuación posible. Consideró, en primer lugar, si se enfrentaba a pecados reservados o no, lo que requería la mediación del canónigo penitenciario. En segundo lugar, aunque el penitente confesaba por primera vez, al menos ante él, sus faltas, estas eran tres, lo que lo convertía, de alguna manera, en reincidente. El penitente parecía sincero en su dolor. Más que a sangre fría o a rudeza de conciencia, la recaída bien podía deberse a simple fragilidad. Fuese como fuese, siempre quedaba el recurso de la absolución sub conditione. Todo esto lo consideró don Anselmo en un suspiro. Pero después pasó a considerar otras cosas con la misma vertiginosidad. La Policía continuaba sin noticia alguna del autor de los crímenes horrendos. Él, pobre viejo cura de barrio, conocía la identidad del asesino, pero no podía declararla. Bajo ningún concepto. Ninguna razón ni pretexto alguno puede autorizar jamás la violación del sigilo sacramental. Ni la propia vida, ni la ajena, ni el bien común de todo un pueblo o nación, ni la posibilidad de evitarle al mundo entero una gran catástrofe internacional. Nada. Dada la índole de sus crímenes, aquel hombre de voz fatigada, aparentemente abrumado por el peso de su desdichada vileza, sin duda que, tarde o temprano, habría de reincidir. Y él estaba condenado a guardar silencio. Don Anselmo experimentó en un segundo el vértigo espeluznante ate la sima de desesperación por la que iba a despeñarse sin remisión. Elevó su alma a Dios con una jaculatoria, colocó su mano derecha sobre la cabeza del asesino y comenzó a recitar la fórmula completa de la absolución. Llegado el momento trazó una cruz en el aire y pronunció las palabras que establecían el perdón en la medida que yo puedo y tú lo necesitas. Luego, con un golpe que la torpeza y la consternación hicieron mucho más violento de lo que era necesario, hundió el aguzado abrecartas que tenía en su despacho de campaña en el cuello del violador. El hombre se irguió, derrotado por la puñalada brutal y se derrumbó sobre los bancos de la iglesia, asfixiado ya en su propia sangre. Unas negras mujerucas que agotaban las últimas oraciones, gritaron despavoridas un grito intemporal e inútil. Don Anselmo, sumergido en las sombras del confesonario, hundió la cabeza entre las manos y dejó que el grito rebotado en los huecos eclesiales abrasara su alma aniquilada.